Mucha gente

Hace poco, el tabloide británico The Independent publicaba en un artículo el resultado de un estudio científico que concluye la existencia de una clara relación entre un nivel bajo de inteligencia y la propensión a dejarse deslumbrar por frases aparentemente grandilocuentes -a menudo vacías de contenido o que reflejan verdades de perogrullo- y también por teorías de la conspiración y todo tipo de creencias engañosas.

Que eso ocurre en nuestros días me parece obvio. Mucha gente tiene más necesidad que nunca de sentirse aceptada y de formar parte de un colectivo. En el afán legítimo de acorralar al egoísmo individualista, se ha pasado a construir un altar a la estulticia destructora de toda reminiscencia del individuo. La gente ya no enfrenta en solitario los embates de la vida, sino que necesita el abrigo de un ente mayor.

No hablo de la tendencia humana y natural de apoyarse en la familia o los amigos, sino de la entrega absoluta a grupos que defienden supuestas grandes causas: cofradías religiosas, asociaciones de artes marciales, utopías políticas, tribus urbanas o clubes donde la afinidad musical, con un trasfondo estético común, une a los feligreses. La adhesión es indispensable para hallar la paz interior y la aceptación social.

Supongo que esto también es una consecuencia, nefasta, de la globalización, pero es llamativo que cuando más volátil es el compromiso con el otro, más laxa la exigencia a uno mismo y más superficial el nivel de las conversaciones, más profunda es la integración a estos grupúsculos en los que, normalmente, la gente sólo tiene en común estar demasiado perdida para afrontar sola los desafíos cotidianos.

El buen humor también parece ser obligatorio, a pesar de ser ridículo de tan fingido y a pesar de que nada es tan natural como la melancolía. Muchas personas no conocen el peligro de ignorar las emociones y taponan la tristeza sin saber que corren el riesgo de que el tapón salga despedido por el impulso de una tristeza desconsolada, terrible y profunda saliendo a borbotones.

Mucha gente tampoco acepta la crítica constructiva y se toma todo como un ataque. La dictadura de la corrección política asesina todo resto de espontaneidad y creatividad y muchas personas evitan el contacto con quien cuestione los cimientos de su mundo, en lugar de agradecer el estímulo a la reflexión y aprovechar el debate para extraer enseñanzas y mejorar aspectos personales.

Lamentablemente, mucha gente es arrogante y tiene poca capacidad de compromiso; mucha gente cree que todo tiene que ser positivo de forma forzada, como si la melancolía no fuese natural y evitarla no trajera males mayores; mucha gente se entrega a causas pretendidamente grandes, dejando en el camino la autenticidad. Porque, sí, hace frío en la calle, pero sentir el frío es estar vivo.

 

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La Historia y sus recovecos

Durante un tiempo, siendo muy joven, creí firmemente que Andalucía era una nación y debía alcanzar la independencia . Andalucía es una tierra fértil, generosa. En ella es posible contemplar el desconcierto hipnótico y dorado del desierto y pasear por el punto más lluvioso y verde de la Península Ibérica: Grazalema; Cádiz, la ciudad más antigua de Europa, contempla a África y  América, el Atlántico y el Mediterráneo, Marruecos y Portugal, el Sáhara y Cuba. Granada posee tal vez el más bello palacio que se conserva en Occidente. Córdoba, la que en su día fue la mezquita más grande del mundo.

Con 18 o 20 años, el pecho se hinche fácilmente al evocar la gloria de Tartessos, la Sevilla romana que gobernó el mundo, la Córdoba musulmana que le tomó el relevo, la Granada que fue tumba de una civilización única en refinamiento y sensibilidad; Trajano, Adriano, Séneca, Averroes, Ibn al-Jatib. Y el Barroco: los grandes pintores, arquitectos, escultores y poetas; Góngora, Murillo, Velázquez… Desde que existe la Historia, Andalucía ha brillado por encima de cualquier otro territorio de la Península e incluso de Europa, y sólo la mala gestión y las decisiones torticeras de ciertos gobernantes provocaron su ruina a partir del siglo XVIII, que después consolidaron los caciques y los dictadores de los siglos XIX y XX.

Andalucía había sido humillada en los últimos siglos y tenía que resarcirse: no podía tolerarse que ideólogos catalanes llamaran perezosos y analfabetos a los andaluces, que al fin y al cabo levantaron Cataluña con su sudor y su dignidad. Ellos, que ya arrebataron la industria textil a Málaga hace siglos, tenían la Seat en Martorell, que les había regalado Franco para mermar su afán nacionalista, en lugar de implantarla en Cádiz o en Almería para compensar la desigualdad histórica. No debíamos ser victimistas como ellos, pero sí feroces en nuestra lucha, cuyo objetivo final no podía ser otro que la independencia de un Estado represor para crear una República justa e igualitaria.

Así se haría justicia y se recuperaría la libertad; se arrebatarían las tierras a los terratenientes, que descendían de conquistadores asesinos premiados por monarcas o habían sido favorecidos directamente por Franco; se acabaría con los señoritos y sus cacerías, y por ende con la miseria del pueblo sobre la que se sustentaba su poderío; se exigiría al Estado español una reparación por el hundimiento financiero y social a partir del Barroco, por el expolio cultural y económico y la arbitrariedad con que las dictaduras de Primo de Rivera y Franco descompensaron aún más las diferencias al nutrir industrialmente a País Vasco y Cataluña.

Afortunadamente, después maduré. Si se mira el mapa, está claro que la única anomalía es que España y Portugal no sean un mismo país, no que Cataluña, País vasco, Galicia o Andalucía no sean pequeños países: los reinos de taifas se superaron en el medievo; si se lee Historia, fácilmente se comprueba que no hay ningún país homogéneo en Europa y eso es bueno, que todos los estados fueron conformados por territorios con intereses, idiosincrasias y culturas comunes pero también particularidades que configuraban su riqueza.

En todo caso, ¿qué hubiera pasado si en Andalucía se hubiese educado a generaciones enteras, durante los cuarenta años de democracia, bajo un sistema que incidiera obsesivamente en el relato épico que he trazado más arriba? ¿Qué habría ocurrido si, cada vez que se encendiera el televisor, Canal Sur, en lugar de su vergonzosa programación folclorista para oligofrénicos (no sé qué es peor), emitiera una y otra vez las glorias del pasado, las humillaciones sin reparar e innumerables debates sobre nuestra singularidad, nuestros derechos y la necesidad de ser independientes una vez se recupere el patrimonio expoliado? ¿Qué pasaría si los profesores adoctrinasen a los niños y presionasen a los padres díscolos y discrepantes?

Todo lo que he descrito sobre Andalucía es, con matices, verdad. Construir un relato sobre el que después reclamar privilegios o justificar la injusticia es muy fácil. Todos los nacionalismos se erigen sobre medias verdades, romanticismo, ingenuidad, irracionalidad, narcisismo colectivo, ignorancia, xenofobia y egoísmo. Y no me parece que ninguno de esos ingredientes constituya una aportación positiva. Todos los territorios han sufrido y sufren algún agravio comparativo. Todos los territorios poseen su propia realidad sociológica.

En Cataluña asistimos a la eclosión de todos esos ingredientes, alentados por un complejo entramado de inmersión cultural y adoctrinamiento, por una xenofobia rural y burguesa, en perfecta comunión, que desprecia al sur sin tener en cuenta que los medios que ellos han gozado han sido mayores; una juventud perdida y ávida de dar significado a su vida; una conjunción audaz de políticos fanáticos y oportunistas; una ignorancia generalizada y extrapolable al resto de España y a casi cualquier parte del mundo; el egoísmo de querer dejar al resto de España en la estacada cuando pintan mal las cosas; el error analítico de considerar al Estado el origen de todos los males, obviando el alto grado de autogobierno y la pésima gestión de sus dirigentes, que han cometido los mismos pecados que los políticos estatales.

Pero también hay que mencionar el uso irresponsable del conflicto en Cataluña por gran parte de la derecha española que, viendo perdida la batalla electoral en ese territorio, trató durante años de recabar apoyos en otras comunidades a costa de aumentar la fractura social. Hoy en día esa fractura es muy severa y tal vez irreparable. La irresponsabilidad y el dolo de unos y otros han conformado la tormenta perfecta. La gente está muy crispada y, personalmente, la vida en Cataluña se me antoja insoportable. El monotema satura, aburre, ofende, enerva o resulta trivial según el momento.

Pero lo grave, de hecho, es que las directrices políticas ya han calado en la sociedad. Mientras Cádiz languidece presa de un desempleo atroz y una sociedad desestructurada, una comunidad próspera, con un alto nivel de autogobierno y respeto a su lengua y su cultura se queja como si fuese víctima de un hostigamiento sin parangón. Y emerge la intolerancia. El debate público está condenado al fracaso: una ex compañera de la carrera y una ex pareja me han eliminado de su lista de amigos de una red social por expresar mi opinión libre y respetuosamente. Y como tantas veces nos ha enseñado la Historia, la intolerancia es el principio del fin, el peor de los vicios de una sociedad.

¿Cómo puede haber concordia cuando los sentimientos desplazan al raciocinio? ¿Cómo puede haber esperanza cuando se dan argumentos analíticos y se reciben descalificaciones personales? ¿Cómo creer en algo si la libertad de expresión es condenada al boicot? Evidentemente, los agravios han venido por ambas partes, pero los ciudadanos catalanes deben entender el efecto que producen sus movilizaciones, similar al del Brexit en el resto de Europa, así como que a muchos ciudadanos la situación nos produzca hartazgo y no entre en nuestros próximos planes hacer turismo en el Noreste español, como a ellos no les apetecería visitar el Valle de Arán si las demostraciones de desprecio a Cataluña en esa comarca fueran masivas y cotidianas.

Josep Pla, unos de los pensadores catalanes más importantes de todos los tiempos, declaró: “Mi país es El Ampurdán y Cataluña y España y Occidente”. Ahora más que nunca es necesario superar las miopías y trascender los caprichos, seguir ejemplos como el de Pla en lugar de secundar cruzadas irresponsables y cojas de razón como la de Junqueras. Desgraciadamente, yo no apostaría mucho a que esto suceda.

 

 

 

Hermana melancolía

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Creo que las personas que huyen de la tristeza, de la belleza que habita en la melancolía, huyen de la vida. Confunden la felicidad con la alegría, como si la felicidad no fuera comprender los guijarros y los golpes, como si no fuera necesario abrazar al erizo hasta sangrar, y aceptarlo, y alcanzar la paz, y esperar el ocaso con la copa llena de vino y el corazón colmado de dignidad.

¿Qué sería la vida sin las canciones de Jacques Brel, Billie Holiday, Chet Baker, Leonard Cohen o Tom Waits? ¿Qué sería del mundo sin los latidos terribles del tango y las letras descarnadas de Enrique Santos Discépolo? ¿Cómo se puede vivir de espaldas a la literatura de Fernando Pessoa o al cine de François Truffaut? ¿Cómo pueden existir personas que viven ignorando la realidad política?

El hecho es que se puede, y la vida sería la que es para millones de personas que tratan de vivir una eterna adolescencia en esta sociedad inmadura, mediocre, enferma y estúpida. Y lo hacen sin saber el precio que habrán de pagar por su huida hacia adelante, sin darse cuenta del absurdo de inducirse un permanente estado de ánimo de falsa plenitud.

Por supuesto que uno debe intentar disfrutar de la visión del crepúsculo sobre los tejados, de la comida, del milagro de dos cuerpos que se funden, de pasear en un campo de naranjos. Pero el entusiasmo no puede nacer de la ignorancia; la cúspide no puede negar el cimiento de lodo en que se fundamenta; la ola no puede crepitar sin ser consciente de que volverá ineluctablemente a caer en el mar,  y a desaparecer.

De hecho, investigadores de la Universidad Libre de Berlín han implementado una encuesta que arroja como conclusión que la música triste es beneficiosa para el estado de ánimo. Es tan sencillo como trabajar la inteligencia emocional: vivir de espaldas a la nostalgia, la resignación, la dureza de la realidad, la incertidumbre o la indignación aun siendo vana, sencillamente, no es natural.

Este comportamiento es a todas luces contraproducente: la vida es veneno, y es mejor ingerir todos los días una pequeña dosis que inyectarse una mañana de resaca toda la inmundicia del océano. Es mejor dejar escapar suspiros de fatalidad que acumular toda la hiel del destino en el modesto espacio del corazón. Es mejor drenar el pecho a diario que barrenarlo letalmente de una tacada.

Y siempre queda el humor como antídoto, el humor como herramienta; la crítica como ejercicio de dignidad hacia uno mismo; el amor como motor y meta; el recuerdo como amigo que te trae otra copa y se sienta a charlar contigo, y te hace sonreír y llorar, y reír a carcajadas, y maldecir, y humedecer los ojos; siempre queda la melancolía, metáfora de la vida, compañera entrañable, hermana melancolía.

 

Miopías y esperpentos

Tomar España como centro para interpretar la geopolítica es, cuanto menos, agotador: el magistrado Salvador Alba construyendo una acusación falsa contra su antecesora, y exdiputada de Podemos, Victoria Rossell; Marjaliza; Venezuela; las esteladas en los estadios de fútbol; la campaña electoral con los de siempre agitando el espantajo del comunismo… Ya dijo Cánovas del Castillo que era español el que no podía ser otra cosa. 

El asunto de las banderitas, para empezar, evidencia la arbitrariedad de una Justicia que lleva cuarenta años sin convencer a nadie ni ganarse el respeto que merecería el sistema judicial de una democracia consolidada. Claro que los nacionalistas hacen gala de un provincianismo ignorante, insolidario, absurdo y vacuo, pero hace mucho que Voltaire dijo aquello de “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. En cuanto a lo del juez Alba, el asunto es tan abyecto que hay poco más que añadir aparte del deseo de que el mapa político que arrojen las elecciones del 26 de junio propicie el final de una Justicia  de amiguetes, lenta, burocratizada e impune.

¿Pero quiénes podrían propiciar ese cambio? La campaña electoral, por su parte, da cuenta una vez más de la mediocridad de nuestros políticos. Rajoy espeta a una periodista que debatir no es agradable, sin percatarse de que si eso es lo que piensa tal vez debería recuperar su plaza de registrador de la propiedad en Santa Pola, esa cuyos rumores de amaño para nombrar a su suplente fueron sepultados bajo toneladas de tinta amiga; Pedro Sánchez y Albert Rivera parecen haber devenido en un mismo producto publicitario sin chicha ideológica; y Podemos produce decepción, desconfianza y miedo mezclados con la rebeldía irreverente que aún permanece como un poso indeleble en los cerebros de muchos.

Pablo Iglesias es un tipo peligroso. Poco o nada puede hacer peor que el Partido Popular, pero eso no lo absuelve de sus taras. Desprende un tufillo autoritario difícil de disimular y, a la misma vez, le dice a Jordi Évole que necesitamos “periodistas cabrones” y falta al respeto a otros colegas, los señala con el dedo o propone medidas de control. Su ambición lo delata: sus maniobras contra Echenique y Errejón fueron oprobiosas y no dan cuenta precisamente de que para él lo importante sea el proyecto, sino más bien él mismo. 

En la alianza de Podemos con Izquierda Unida y Equo estas dos fuerzas políticas han sido extremadamente generosas, mientras que Iglesias ha demostrado una vez más su desmedida ambición personal. ¿Por qué no celebrar unas primarias al crear una coalición? ¿Por qué no se postula Alberto Garzón, el político español mejor valorado en todas las encuestas? Las encuestas no son el oráculo, es cierto, pero se trata de valores, convicciones, actitudes, aptitudes, ética y aceptación. Tal vez Podemos sea necesario, como lo es la quimioterapia ante el desafío de un cáncer, pero sabemos que el tratamiento arrasará con todo y habrá que recuperarse de sus secuelas.

De Venezuela poco hay que decir.  La falta de escrúpulos y preparación de Nicolás Maduro, su incapacidad unida a la corrupción y la ambición están llevando al país al más absoluto de los desastres. Claro que, en España, Venezuela irrumpe en la campaña electoral de manera interesadamente dirigida, pero es absurdo decir que no hay materia periodística de relevancia en el asunto. Mientras que Marjaliza estrecha el cerco sobre el PP, y tal vez sobre Esperanza Aguirre, rotativos de derechas abren sus portadas con el asunto de las banderas, sí, pero lo cortés no quita lo valiente.

En Venezuela Maduro ha declarado con absoluta desvergüenza que, justo ahora que la Asamblea Nacional tiene mayoría opositora, esta institución ha perdido vigencia política y está llamada a desaparecer; ha amenazado con expropiar a “la burguesía” las fábricas que secunden huelgas y ha afirmado de la manera más arbitraria y autoritaria que Albert Rivera no entrará al país. Asimismo está tratando de impedir por todos los medios un referéndum revocatorio que la Asamblea tiene derecho a convocar y en el que el pueblo pueda expresarse libremente. El problema es que en España todo acaba siempre reducido al cainismo, al frentismo, a la miopía y el esperpento. Nada nuevo.

Ay, Granada


Son las siete de la tarde y vuelvo de trabajar. Atardece en Berlín y veo desde las ventanas del tren un sol color de arena que proyecta sobre los tejados un espejismo marítimo: Berlín parece Lisboa por un instante. Empiezo a reconciliarme con la idea del desarraigo, empiezo a sentir que aquí también estoy en casa. Lo que no puedo evitar es que me quede un poso de resentimiento contra lo que he dejado, contra lo que me ha dejado, contra lo que he perdido. Y todo eso puede resumirse en una palabra: Granada.

No, no es que odie Granada. La quiero, pero me duele tanto que no sé cuánto es amor y cuánto es pena y hastío. En Granada he pasado trece años de mi vida pero, sin menospreciar a varios amigos indispensables, tengo la sensación de dejar una ciudad arrasada por las bombas: desapareció el Anaïs con mi amigo Manolo dentro; desapareció La Opinión y a la postre se llevó la presencia de mi amigo Fede; ya no está Rafa y nunca volveré a trabajar con él; ya no volveré a escribir editoriales tratando de guardar, por imperativo de los superiores, un difícil equilibrio para no importunar a un Ayuntamiento corrupto y a una Junta de Andalucía con todos los visos de serlo. 

No puedo evitar pensar que Granada me despojó de una vida y me niega otra nueva. Allí dejé un amor devenido en dolor y desaliento; allí está mi piso, en el Serrallo, vacío y en silencio. Y el centro comercial, con un gimnasio al que iba a nadar cinco días a la semana. Qué irónico que el nombre del centro, y del barrio donde tengo el piso y estoy empadronado, designe también a la operación policial que ha acabado con la carrera política del alcalde, Pepe Torres, detenido por corrupción junto a la concejal Isabel Nieto. 

Claro que la crisis ha asolado España entera, pero si hay un ejemplo de ciudad mal gestionada y venida a menos, es Granada. Y lo digo con tristeza. Durante años he visto casi con estupor la zafiedad del regidor dimisionario, sin explicarme que su partido no encontrase a una persona de más entidad y, sobre todo, que los granadinos respaldasen con su voto la candidatura de ese sujeto: jamás le olvidaré espetando a Torres Vela, en un debate, que su equipo apostaba por la cultura y que prueba de ello era que Shakira actuase en la ciudad.

Recuerdo con mucho cariño las primeras escapadas a Granada desde Jaén para ver a mis primos. Recuerdo la estimulante y liberadora atmósfera que lo envolvía todo, la permisividad bien entendida y la sensación de estar en una ciudad sin corsés. Granada era el epicentro de muchas cosas, la creatividad se respiraba de Pedro Antonio al Realejo y los bares cerraban a la hora que les daba la gana. Para mis ojos de adolescente Granada era el mejor de los destinos, tenía claro que quería vivir allí para siempre y con esa intención llegué hace catorce años. 

¿Qué ha pasado para que una ciudad que prometía tanto ahora sólo ofrezca bares y turismo? Nunca ha habido industria en Granada, es cierto, pero la cultura es otro tipo de industria y, desde la música en directo hasta los certámenes literarios, todo el espectro cultural ha languidecido hasta la decrepitud. Ahí está el ejemplo de Málaga, una ciudad gestionada por el mismo partido que ha sabido crear una infraestructura cultural sólida y competitiva prácticamente desde la nada; en Granada, sin embargo, iniciativas como ‘Granada Plaza Tecnológica, ese pretendido Silicon Valley mediterráneo que se ha quedado en apenas un espejismo desolador, no han pasado de ser palabras vacías.

En Granada he visto terribles ejemplos de nepotismo y endogamia empresarial, profundos mediocres que a veces rozaban la oligofrenia al frente de todo tipo de empresas, e ineptos que debutaban en puestos directivos por su apellido y no por sus aptitudes. Y todo eso conformaba la mitad de una idea cuya otra mitad no era otra cosa que la convicción de que difícilmente prosperaría allí mientras no cambiasen mucho las cosas y la gente con apellidos compuestos dejase de taponar la entrada al desconocido mundo de la meritocracia. 

Posiblemente todo eso tenga que ver con lo que decía García Lorca, que “la burguesía granadina es la peor de España”. Con eso y con una ignorancia que abunda en todo el país, y con esa moda adoptada por indigentes intelectuales que consiste en llevar la vetusta costumbre española de aparentar al terreno de la política; porque bien está que vote al PP Nicolás Osuna, pero da un poco de grima que defienda los planteamientos más rancios de la derecha un señor del Zaidín en paro y con un polo falso Lacoste. No hay mejor aliado de la corrupción y el saqueo que una ciudadanía iletrada y adormecida con pan y circo.

A pesar de todo, espero que esta despedida sólo sea un paréntesis. Espero que todo esto sirva de escarmiento y los granadinos se rebelen y pidan cuentas de una buena vez. Confío en que las cosas cambien y vengan tiempos mejores, porque en Granada lo que nunca ha faltado es imaginación. Carlos Cano, con permiso de García Lorca, dijo que “Granada vive en sí misma tan prisionera que sólo tiene salida por las estrellas”, y estaría bien que los granadinos mirasen -miráramos- más al cielo y menos nuestros ombligos. Hoy, más que nunca, el futuro es nuestro.

Berlín

  Hoy hace veinte días que llegué a Berlín y todavía me debato, como en un vals, entre la realidad que traje adherida a mi materia gris y la que contemplo desde mi ventana en este atardecer ocre y verdoso que se despide de la luz en una ceremonia que pretende ser íntima. No hay nada parecido al júbilo en el exterior, pero de ninguna manera definiría como triste el desfile de siluetas que atraviesa mi calle; diría que tanto el hombre mayor y muy gordo, que cojea, como la chica rubia con talle armonioso pero pantorrillas desproporcionadamente abultadas pasean en una suerte de ensimismada felicidad. 

Berlín tiene un ritmo lento y pocas cosas recuerdan el estrépito y la velocidad de otras capitales europeas. La gente sale tranquilamente del metro mientras otra gente espera pacientemente, echada a un lado, a que los primeros se apeen. Los berlineses parecen absortos, inescrutables y a menudo cuesta discernir si es timidez, un asunto cultural, buena educación o riqueza interior lo que proyectan. Han sufrido mucho y siguen siendo una isla dentro de Alemania. Se les deja hacer, las leyes aquí son más laxas y hay muchos bares en los que se fuma, y personas con sus perros en los tranvías. 

No hay demasiado tráfico. Hay barrios casi desiertos en los que no se siente ninguna intranquilidad a cuenta de la soledad o las sombras. Hay pájaros con cabeza de cuervo y cuerpo de paloma a los que he visto devorar enormes gusanos con semblante apacible y despreocupado. Hay un trozo de Viena, de la URSS, de Nueva York, de Copenhague y de Baviera dentro de Berlín. Hay una Turquía en miniatura e innumerables retazos de Vietnam, China, La India, Corea, Irak, Grecia e Italia desperdigados por todos los rincones de Berlín. En la ciudad están la Gran Alemania y la Pequeña Alemania.

Berlín es una capital con espacios inconmensurables: enormes zonas verdes, mercados que no alcanza a cubrir la vista, infinitos campos de fútbol y grandiosos lagos con patos, zonas para los niños y señoras muy bien vestidas que se encajan unos guantes de jardinero y se entregan a la tarea ordenada y concienzuda de recoger del suelo las hojas de los árboles.  Berlín es el siglo XX, lo peor y lo mejor, lo mortal y lo imperecedero. Berlín son bicicletas más rápidas que los coches que te golpean mientras miras el formidable escaparate de un viejo anticuario de la Alemania del Este.

Berlín tiene locos en cada parada de metro y señoras que se sienten sinceramente felices cuando les abres la puerta y esperas a que pasen. Supongo que Berlín, como casi cualquier ciudad, es maleable: será una cosa u otra según la habilidad de cada uno para encajar sus embestidas y sacar partido de sus dones o, mejor, para esquivar sus golpes y saber cuándo puedes besarla. Brindo por la suerte de todos los que han venido a Berlín como se viene al mundo: un poco solos y con un poco de miedo.

Los antisistema

imageFoto: elmundo.es

Hace tiempo que la televisión dotó a la política de nuestro país de un elemento de espectáculo del que carecía. Así, el seguimiento de lo público continuó la senda iniciada por la crónica deportiva, que había asumido los roles de la prensa rosa para jugar con la atención y con los sentimientos -malos, casi siempre- del espectador. Aun así, todavía dudo si ese giro ha sido un mal menor para atraer la atención a lo que a todos nos atañe o es un mal total e irreversible.

Al final da igual que se hable de un político, de un entrenador o de Belén Esteban; la publicidad es la que manda y toda la narrativa audiovisual se pone al servicio del espectáculo; da igual que se debata sobre la corrupción en Valencia o del debate de Gran Hermano. Se oyen los mismos gritos y se utiliza la misma demagogia en Telecinco que en La Sexta. Los tertulianos hacen gala de la misma bajeza, del mismo desprecio por el código deontológico y por la inteligencia del espectador.

Retratos sublimes como los que hace Rafael Chirbes en Crematorio, donde traza un paralelismo entre la mafia siciliana y la mafia valenciana del ladrillo, o en Los viejos amigos, donde refleja la miseria moral e intelectual de la especulación, son obviados para dar paso a narradores de voz afectada a la que prestan apoyo recursos sonoros propios del peor cine de serie b. La información se ha pervertido y no sabemos si hemos de dar las gracias o lamentarnos: tal vez las dos cosas.

Por otra parte, las negociaciones parlamentarias también están contribuyendo a la dimensión espectacular de la política. Pero, igual que ocurre con el colesterol, hay espectáculo del malo y espectáculo del bueno. Desde las elecciones no dejo de pensar en Borgen, la magistral serie danesa que refleja los avatares del pactismo parlamentario en un escenario tan fragmentado como el danés. Pero, por desgracia, aquí la emoción no está secundada por actores políticos de nivel.

El resultado electoral per se aboca a un rito emocionante, renovador, estimulante. Pero los protagonistas no dan la talla. El Rey habla de preocupación cuando debería limitarse a arbitrar y tener paciencia; Mariano Rajoy lleva su atávica inacción a los extremos más irresponsables y menos edificantes; Pedro Sánchez coquetea con todos y con ninguno sin dar ningún paso; y Pablo Iglesias perpetra un golpe de timón con escenografía estalinista que se queda en gatillazo.

El PP sigue haciendo chantajes con aquello de la lista más votada, como si no quisiera asumir que nos regimos por un sistema parlamentario y la culpa de su autoritarismo fuese de los demás. Y también a cuenta de Podemos, formación a la que tilda de antisistema y con la que, por tanto, no se puede pactar por el bien de España. Se conoce que es casualidad que el bien de España siempre coincida con lo que le conviene al PP.

Eso sí, cuando decían que el PSOE era ETA, cuando Montoro deseó “que se hundiera España, que ya la levantarían ellos”, con tal de hundir a Zapatero, y todo el partido lo intentó, España parecía no importar tanto. Pero ahora llaman antisistema a Podemos los dirigentes de un partido que ha jugado con cuestiones de Estado como el terrorismo o la estabilidad financiera, que está imputado por corrupción como partido -algo inédito- y que ha visto cómo detienen a veinticuatro de sus miembros en Valencia.

Un partido cuyo presidente esconde la cabeza como el avestruz y no se presenta a la investidura pero tampoco se retira; un partido cuyo presidente dijo a Luis Bárcenas que fuese fuerte; un partido con tramas de corrupción en Madrid, Valencia, Murcia o Castilla-La Mancha; un partido con personajes como Rafael Hernando. Un partido así tiene todos los visos de ser antisistema y no parece hecho para asistir al Congreso, sino para pacer en los platós de La Sexta o, más bien, de Telecinco.